Claribel Aránega, escritora solidaria y premio Ana María Matute 2016

Tiene Haití la mala suerte de ser un país castigado por las fuerzas de la naturaleza. Durante los últimos veinte años ha sufrido el azote de varios huracanes y la furia de un terremoto que devastó un territorio ya pobre de por sí deforestado y arruinado por los desaguisados del dictador Papa Doc, la violencia política y los repetidos golpes de estado que dan al traste con una estabilidad política que ni tan siquiera la ONU es capaz de instaurar.

Un país que debe contar con una población resistente y trabajadora porque de no ser así no se comprende que tragedia tras tragedia sus habitantes se pongan manos a la obra a reiniciar una reconstrucción que a juzgar por la historia cuenta con altas probabilidades de fracasar una vez más. ¿De qué pasta tiene que estar hecho un ser humano para levantarse una y mil veces? ¿Qué resortes de esperanza y resiliencia impulsan al pueblo haitiano a no darse por vencido? Me pongo en su lugar y me imagino a mí misma reconstruyendo una y otra vez mi hogar. Contándole a mis hijos, si es que no los he perdido, que no hay que dejarse abatir por las adversidades, que si hoy la escuela donde aprendían a leer ha desparecido, tal vez mañana, alguien, un Dios proveedor que no ha tenido antes piedad la tenga ahora y de entre los escombros haga surgir otra nueva, un dispensario médico, una tienda donde comprar un poco de arroz, un lugar que no sea un barrizal lleno de ratas en el que se pueda mirar al horizonte sin asustarse.
¿Qué infancia habrá tenido un niño haitiano que nació en el año 2010, el año del terremoto que acabo con más de trescientas mil vidas? ¿Sabrá lo que es alimentarse adecuadamente? ¿Habrá tenido entre sus manos algún juguete o un cuento? ¿Habrá recibido las vacunas correspondientes a cada etapa de su niñez? ¿Sabrá lo que es soñar?
Solemos dejarnos llevar por la inmediatez de los informativos que nos ponen las desgracias sobre el mantel y lentamente vamos olvidando, tal vez para no empantanarnos en la tristeza, las caras de aquellos niños llorosos y las de sus padres que lo habían perdido todo tras el terremoto. Aquellos seres humanos siguen sufriendo, han de retomar los esfuerzos para levantar sus humildes casas de nuevo, tienen que sortear el azote del cólera y de otras enfermedades y sin embargo seguro que en un rincón de Puerto Príncipe o de cualquier otra ciudad de ese país alguien sonríe o baila o dirige sus ojos al cielo y sigue pensando en lo hermoso que es vivir, a pesar de todo, a pesar de la tragedia, a pesar del huracán Mathew.

Por ese motivo y cuando Mar me propuso buscar una causa para Cinco Palabras surgió Haití. Mientras tanto…., mientras un Dios misericordioso se apiade de este pueblo sería bueno que nosotros desde aquí lanzáramos nuestro pequeño salvavidas a un pueblo desheredado pero fuerte que sigue luchando por obtener un pedacito de felicidad hecho con nuestro esfuerzo. ¿Cómo será amanecer cada día desde cero? Pensemos en ello, los haitianos lo hacen a diario.

Claribel Aránega

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