Convocatoria de Poemas y Relatos a Favor de los Damnificados de la Dana, Chiva


Convocatoria de Poemas y Relatos a Favor de los Damnificados de la Dana de, Chiva, Valencia.

En Cinco Palabras, nos sentimos profundamente comprometidos con las víctimas de la tragedia de la Dana de Valencia y queremos hacer algo significativo para ayudarles a superar esta difícil situación. Por ello, convocamos a todos los amantes de la literatura y el arte a participar en la creación de poemas y relatos solidarios que formarán parte de un espectáculo benéfico de Poesía y Danza.

La escritora y socia de Cinco Palabras, Aurora Rapún, nos está ayudando a recopilar todos los relatos y poemas.

Los textos seleccionados formarán parte de un evento único que celebrará la cultura y la solidaridad.

¿Cómo participar?
Nos encantaría que nos envíes tus poemas o relatos que reflejen la solidaridad, la esperanza y la lucha por la reconstrucción. Todos los textos recibidos serán parte de este espectáculo que se celebrará a principios de abril. No importa el estilo o formato, lo importante es que tus palabras lleguen al corazón de quienes más lo necesitan.

PLAZO: 15 de marzo

Los detalles del evento:
Este evento especial contará con la participación de los siguientes artistas:

  • Dirección: Mar Olayo.
  • Piano: Olegario Olayo.
  • Guitarra: Eladio Domínguez.
  • Actores y actrices de doblaje, entre ellos, Enrique Pérez Rioja.
  • Danza: Alberto Alonso. Danza Española.

A través de este evento, buscamos no solo recaudar fondos para ayudar a las personas afectadas por la Dana, sino también dar visibilidad a la importancia de la cultura como vehículo de esperanza y transformación. El arte tiene el poder de sanar, de unir y de crear conciencia.

Esperamos poder viajar por toda España con este espectáculo solidarios.

¡Esperamos contar con tu participación!


¡Gracias por tu solidaridad!
Cinco Palabras sigue comprometida con la ayuda a los más vulnerables y con el poder del arte como herramienta de cambio social.


https://cincopalabras.com/como-hacerse-socio/


26 respuestas a «Convocatoria de Poemas y Relatos a Favor de los Damnificados de la Dana, Chiva»

  1. La voz de Ulises

    Jorge J. Codina

    El fragor del agua arrastrando los desperdicios de toda una vida me persigue en sueños. Dicen que los perros no soñamos, pero cualquiera que haya pasado por lo que yo viví en la huerta de Valencia sabría que eso es mentira. Los humanos tienen una extraña manera de confundir lo que no entienden con lo que no existe. Soñamos. Y tenemos pesadillas. Y memoria.
    Me llamo Ulises: es el nombre que me dio Juanlu cuando me adoptó en el refugio. Durante cinco años he sido parte de la unidad canina de rescate, cinco años de entrenamiento que encontraron su razón de ser en aquella fatídica semana de octubre, cuando el cielo decidió vaciar toda su furia sobre los pueblos levantinos.
    Hemos vuelto tres meses después, para una ceremonia de homenaje. El cambio en el comportamiento de los vecinos del barrio resulta casi cómico. La señora Fuster, que en los primeros días cerraba la puerta maltrecha de lo que había sido su tienda de comestibles en cuanto me veía, ahora me guarda los mejores trozos de jamón. Los chiquillos me han convertido en una especie de héroe local; aunque si les preguntaran, casi ninguno sabría explicar exactamente por qué. La fama es así de caprichosa, incluso para un perro.
    Pero déjenme contarles lo ocurrido aquella segunda noche tras la inundación. El aire olía a barro, a gasolina, a miedo… una combinación que me eriza el pelaje todavía. La desorganización reinante era como una jauría ladrando: vecinos, policías, bomberos, militares y voluntarios, cada uno vociferando sin escuchar al resto. Y en medio de todo, mi querido adiestrador, apretando los puños, desesperado, impotente, sin recibir instrucciones concretas, fiando nuestra intervención a su ojo experto en catástrofes, la intuición y mi olfato.
    De hecho, la olí antes de verla: una madre perfumada de terror, con el semblante descompuesto por el pánico.
    —¡Mi Anabel! —gritaba.
    Había algo familiar en su voz que me recordó a los aullidos de las perras cuando les quitan a sus cachorros. El instinto es el mismo en todas las especies cuando se trata de proteger a los nuestros.
    Así empezó el combate entre el deber y la supervivencia, a sabiendas de que muchas veces esa pugna es a muerte. El líquido denso y helado nos llegaba al pecho: Juanlu hacía pie, pero yo tenía que nadar en medio de aquel sirope viscoso y hediondo. Sobre nuestras cabezas, el edificio medio derruido gruñía agónico. Cualquier perro con sentido común hubiese retrocedido, pero cinco años junto a mi colega me han enseñado que el sentido común, que tanto escasea en lo cotidiano, está sobrevalorado cuando hay una vida en juego.
    El olor de Anabel era débil, apenas un hilillo de aroma bajo la pestilencia dominante de las aguas residuales, pero era todo lo que necesitábamos. Oímos un crujido amenazador de la estructura que hizo retroceder a otros miembros del equipo que venían por detrás. Juanlu y yo compartimos una de esas miradas que lo dicen todo. En sus ojos vi el mismo miedo que abrasaba los míos, pero también algo más: los arrestos que me hicieron aceptarlo aquel día en el refugio y obsequiarlo con un lametón en la mano.
    Las siguientes tres horas fueron una pelea a dentelladas contra el tiempo, los elementos y nuestro propio pavor. Cuando por fin asomé el hocico entre los escombros, Anabel estaba acurrucada y temblorosa, pero viva en una minúscula bolsa de aire. Le pasaron una botellita de agua y apartaron de inmediato, con cuidado, las piedras y la ferralla que dificultaba el rescate. Entonces, una linterna me alumbró.
    —¡Si es un peludo! —dijo.
    En ese momento resolví el enigma: por qué los humanos lloran cuando están felices. Era lo mismo que yo sentía. Y por eso aullé en el interior de aquel túnel.
    Siguieron jornadas difíciles que trajeron gozo y tristeza, ánimo y desesperanza. Pero descubrí que aquellos hombres y mujeres enterraban las diferencias, como hago yo con los huesos, y se desvivían ante las necesidades de los otros. Vi manos encallecidas de agricultores empujando lodo junto a las suaves manos de oficinistas, ancianas preparando bocadillos con aceite y chocolate para jóvenes voluntarios que no conocían, vecinos que discutían en las reuniones de la comunidad de propietarios compartiendo sus hogares. Por ser perro, siempre he sabido que la manada es más fuerte que el individuo, pero fue hermoso ver cómo los seres humanos, en medio de la tragedia, recuperaron la conciencia de esta antigua verdad que ellos, por viejos, en ocasiones olvidan.
    Quizás por eso, cuando ahora paseo por las calles del barrio con mi respetable arnés rojo y la cruz blanca, percibo un perfume diferente en el aire, dulzón, semejante al del azahar: el de una comunidad que ha aprendido que unidos son invencibles.
    Y pienso en cómo una simple decisión puede cambiar tantas vidas. La obstinación de Juanlu al sentarse durante horas frente a un cachorro asustado en el albergue de animales. Mi fe al confiar en él. Nuestra intrepidez y complicidad para avanzar cuando todo amenazaba con derrumbarse a nuestro alrededor.
    Los humanos tienen una curiosa obsesión por etiquetar. Me llaman héroe, pero yo soy un simple perro que tuvo la suerte de encontrar a la persona perfecta. Aunque, si me lo preguntan, diría que los verdaderos héroes son los que, como mi compañero, mi hermano, nunca dejan de creer en segundas oportunidades.
    Y hablando de segundas oportunidades, el panadero nos espera con los «fartons» de ayer; los que no vende; los trae al polideportivo donde todavía se alojan bastantes voluntarios. A pesar de comerlos recalentados, están de vicio.
    Porque algunas cosas nunca cambian, y otras… otras cambian para siempre. Se lo digo a Juanlu cuando conversamos en sueños, mientras me rasca detrás de las orejas:
    —El destino tiene cuatro patas y un corazón que late más rápido que el nuestro.

  2. TU DOLOR

    Rugieron las aguas
    a voces y a gritos
    cubriendo de lodo
    la vida y la risa.

    Una mano se extiende
    burlando una muerte;
    hermoso milagro
    entre tanta desdicha.

    Quisiera ser mano
    Quisiera ser brazo
    y librarle a la muerte
    ese combate perdido
    cuando las aguas arrasan.

    Y anochece…
    Sin presente… ni recuerdos,
    sin futuro señalado.

    Anochece…
    Sin techo, sin cama… sin sueño.
    ¡Quién duerme…
    si no es de puro agotamiento!

    Regresa un amanecer lento,
    y entre el barro… ella;
    último y eterno abrazo de madre
    que con sus lágrimas
    enjugó su rostro.

    Pasan los días
    y no alcanza la ayuda;
    concatenación de errores
    entre barro y desesperación.

    Duele el cuerpo fatigado;
    crecen las sombras del desastre.

    Y yo… no puedo…
    no alcanzo a imaginar
    después de tantos días negros
    cuánto dolor puedes soportar.

  3. BUSCÁNDOTE

    Se revuelve sudoroso bajo las sábanas. En un agitado sueño el barranco de su querida Chiva anuncia la desolación de su gente. Se ve corriendo entre escombros y barro buscando desesperadamente la que fue su casa. Ella le estaría esperando sentada en su sillón y, juntos, recordarían los tiempos en que aún eran jóvenes. Así tejían minuciosamente una cercanía indestructible más allá de su enfermedad.
    Un helicóptero en lo alto busca salvar a alguien que permanece atrapado. Es a él mismo a quien están rescatando.
    Se despierta ahogado en llanto. Por siempre, desde aquel día, cada noche, saldría a buscarla.

  4. Solidaridad

    El infierno abrió sus puertas en el barranco de Chiva. El cielo ennegreció, un torrente criminal se llevó a doscientas quince almas a su paso más los desaparecidos, miles de vehículos fueron arrastrados como juguetes. La desolación adoptó la forma del barro, ahogando ilusiones y destrozando viviendas y negocios. Un amanecer marrón presagiaba el peor de los futuros. Entonces sucedió el milagro, un río inverso de jóvenes armados con escobas y cubos luchó hasta la extenuación para devolver la ilusión a todos. Un helicóptero grabó las imágenes de oleadas de esperanza cruzando un puente rebautizado como ¡SOLIDARIDAD!

  5. Dame tu mano de Jose María Escudero Ramos

    Encuéntrome en el sin sentido de las palabras no dichas,
    en el lugar donde las olas se cruzan con los semáforos,
    los silencios con los llantos y los corazones con las almas.

    No quiero que digas nada, no calles.
    Quiero que digas toda la verdad sin mentiras.
    Quiero que me agarres la mano y me mires a los ojos
    antes de que tus lágrimas inunden lo que más quiero.

    No dejes que me lleve la corriente de la gente hiriente
    que se cree sus verdades a fuerzas de mentiras.

    No me digas que me calle cuando intento levantar la cabeza,
    y la voz,
    para que no se olvide
    ¿Qué no me olvide qué?
    ¿Qué ha pasado?
    ¿Dónde estoy?
    ¿Dónde he creído estar todo este tiempo atrás?

    ¿Quién escucha el silencioso vacío del barranco cuando calla?
    ¿Quién escucha al barranco cuando ruge?
    ¿Quién escucha?
    ¿Quién da la voz de alarma cuando necesito escucharte?
    ¿Quién dará la vez en la próxima necesidad?
    El pueblo,
    el pueblo salva al pueblo.
    ¿De quién salva el pueblo al pueblo?
    ¿Será necesaria la solidaridad de nuevo?

    ¿Seremos capaces de olvidar el sonido de las aguas fluir
    sobre las intrincadas vidas de nuestras almas hermanas?

    Quiero gritar «Solo el pueblo salva al pueblo»
    pero temo que no me escuchen los que deberían hacerlo,
    están demasiado ocupados provocando catástrofes
    tan poco naturales como la falta de empatía
    de los que deberían de servir al pueblo,
    al pueblo que salva al pueblo.

    Dame tu mano.
    No digas nada.
    Siento tu amor a pesar de que ya no me queda nada.
    Siento vuestro amor precisamente por eso,
    porque ya no nos queda nada más que nuestra solidaridad.
    ¿Será necesaria de nuevo?
    Si no olvidamos, no.
    Es el momento de alzar la cabeza y mirar con orgullo
    Dame tu mano…
    Unimos nuestras manos,
    nos sentimos,
    corazón con corazón.

    Unimos nuestras almas con un mismo fin,
    un verdadero nuevo comienzo.
    Así sea.

  6. […] Convocatoria de Poemas y Relatos a Favor de los Damnificados de la Dana, Chiva XII ANIVERSARIO CINCO… […]

  7. Zona cero
    El pueblo ha adquirido un color extraño, como de película antigua. La circulación, interrumpida; la calzada, tomada por personas que van y vienen con escobas, mochilas y mascarillas. En los rincones oscuros se escuchan sollozos y si uno se fija bien, entre el barro, camuflado por su pelaje reseco, asoma la cabeza un perro.

  8. LLUEVE POESÍA

    Es un alivio,
    ver llover poesía delicadamente.
    A veces,
    cae la lluvia a raudales
    y la riada se lleva los versos,
    pero cuando lo hace pausadamente,
    las palabras convertidas en agua,
    van regando las semillas,
    las vivencias y, sobre todo,
    los sentimientos,
    que crecerán siendo versos.

    Cuando las lluvias son torrenciales
    cargadas de furia
    en lugar de versos caídos,
    lo que arrastran esas aguas
    se transforman en lágrimas
    capaces de arrasarlo todo,
    convirtiendo tristemente
    en inolvidables los momentos,
    minutos, horas y días.

    Aunque al pasar el tiempo
    volverá a llover poesía,
    esta limpiará el barro,
    y mitigará el dolor tragado
    por aquellos que ya no volvieron
    y aunque haya quienes no los reconozcan,
    en los corazones todo quedará,
    porque el olvido no es posible.

  9. SON LAS SIETE Y MEDIA
    Esas fueron las últimas palabras que oí de su boca.
    Fueron pronunciadas con el tono apático y adormilado propio de un martes cualquiera justo antes de salir a trabajar.
    Ni un beso nos dimos.
    Hacía tiempo que habíamos perdido esa hermosa costumbre, al igual que perdimos la rutina de llamarnos a media mañana para contarnos como nos iba el día.
    Estoy segura de que, si hubiéramos mantenido esa maravillosa complicidad, ahora tendría en el recuerdo algo mejor a lo que agarrarme que una simple y mísera hora.
    Esa a la que me despierto cada día con un sobresalto, desde aquel fatídico veintinueve de octubre, pensando que todo ha sido una maldita pesadilla.
    Pero no, él ya no está a mi lado.
    La incompetencia ante la DANA se lo llevó.

    Ernesto V. Salcedo.

  10. En mi tierra no sabe llover y, en estos momentos, lo hace sobre mojado. Cuando restos de fango pintan todavía las calles de color chocolate, hemos tenido que amontonar sacos de arena delante de las puertas de nuestras casas. La gente no para de ir a ver el río; el Magro puede que suela estar seco, pero, si les das agua en exceso se torna asesino. No olvidemos a ese vecino que, viejo, medio ciego y sordo murió ahogado en su cama, sin haberle dado tiempo a reaccionar. Aunque, también habrá recuerdo para los jóvenes que perdieron la vida, como el chico de 22 años que intentó sacar su coche de la segunda planta de un garaje subterráneo. Fueron muertes evitables, ¡imposible negarlo! Por eso más vale prevenir que padecer, Algemesí.

    Gema Blasco

  11. María y Enrique terminaban de empezar la aventura más importante de su vida, mudarse a vivir juntos a un adosado en Picanya. Habían invertido en él todos sus ahorros y esfuerzos. El 30 de octubre tras una tarde noche de miedo e incertidumbre, abrazados en la buhardilla esperando a ser rescatados. Solo les quedaba su amor y la fuerza que tiene el ser humano para comenzar de cero.

    Marisa Martínez

  12. Ahogo,
    Dolor
    Pérdida
    Alarmas a destiempo.
    Dolor
    Sufrimiento
    Desconsuelo
    Ausencias no presentes
    Dolor
    Sufrimiento
    Pena
    Desconsuelo
    Soledad, desasosiego
    Silencio
    Ausencias no presentes
    Pérdida
    Dolor
    Horror
    Vidas arrastradas, arrancadas, devastadas.
    Dolor
    Pérdida
    Ausencias no explicadas
    Desconsuelo
    Se acerca el duelo.

    Azucena Tejado Chamorro

  13. NADIE AL MANDO

    Eran las ocho y once minutos
    cuando hacía horas
    que el agua había arrastrado
    miles de vehículos
    Eran las ocho y once minutos
    cuando en calles, tiendas y viviendas
    ya se había ido la luz
    Eran las ocho y once minutos
    cuando puentes derribados
    impedían huidas y refugios
    Eran las ocho y once minutos
    cuando Vicent, María, Antonio
    y decenas de personas más
    se habían ahogado en casas,
    en comercios o en coches
    Eran las ocho y once minutos
    cuando alguna autoridad
    con un adoquín como cerebro
    y un corazón coprolito
    dio la orden de emitir la alarma
    Eran las ocho y once minutos
    cuando la población percibió
    que no había nadie al mando.

    Rafa Sastre

  14. INCLEMENCIAS, INDECENCIAS
    No fue la tormenta, con sus atronadores bramidos, ni el tremendo aguacero, que ahogó la tarde, ni la inmediata riada, arrastrando vidas; lo que más indignó a Vicent fue después, cuando sin apenas aire, apareció el ventorro.

    Rafa Olivares

  15. Nicasio y Alfonsa viven en Paiporta, en una planta baja cerca del barranco. Llegaron desde su pueblo manchego hace màs de sesenta años. Él como albañil encontró trabajo en las fincas que se estaban construyendo. Ella como encajadora en la Cooperativa de frutas y verduras. Su hijo Andrés se casó y se fue a vivir a Cuenca. Para mantener el contacto les compró un telèfon movil de la primera generación, tarifa duo que solo podían llamarse por esos números. La tarde del 29 de Octubre, Alfonsa quiso hacer de cena una buena tortilla de patatas, pero le faltaban los huevos. Envió a Nicasio a la tienda de la tía Carmen. En cuanto abrió la puerta vio con sorpresa que el agua del barranco superaba la acera de la calle. Siguió adelante y cuando hubo comprado los huevos, ya no pudo salir de allí. Empezaron a oírse extraños pitidos en teléfono ajenos, pero Nicasio, Carmen y Alfonsa nunca llegaron a saber qué ocurría. Andrés desde Cuenca estuvo llamándoles toda la noche. Al amanecer salió a ver a sus padres, sin poder entrar a una zona devastada por una terrible riada.

    Pepe Sanchis

  16. Dana de otoño.
    Tras un río implacable
    nubes de paso.

    Voluntarios.
    Lágrimas de lodo
    por las mejillas.

    Muerte sin flores.
    El alma de los pueblos
    limpiando el barro.

    Marga Alcalá

  17. Ana

    La tarde transcurría apagada y triste. Nadie había entrado en la farmacia en las dos últimas horas. Ana miraba de vez en cuando la calle a través del escaparate, deseando terminar la jornada. Los árboles de la avenida agitaban sus ramas y el viento se aferraba a las copas y las vencía. Apenas caían cuatro gotas, aunque el cielo pintaba en gris oscuro. Notó la vibración del teléfono en el bolsillo del pantalón. A Pepa, su jefa, no le gustaba que se atendiera el teléfono durante las horas de trabajo, por eso siempre lo tenía en silencio. Y, además, era la segunda llamada. Se fue al baño y descolgó.
    ​— ¿Te han llamado de la “guarde”?
    ​—Si, Luis, les he dicho que, como quedamos, irías tú a recoger al nene. Mi padre no puede ir, ya sabes que se ha marchado a Valencia y no vuelve hasta las ocho.
    ​—Ya, pero es que me acaba de llamar una clienta que tiene un problema con los grifos de la cocina y no puedo dejarle tirada.Tengo para un par de horas. Acércate tú, por fa.
    ​—Pepa se va a cabrear, pero… Vale, ya hablamos en casa. Siempre igual—se dijo para sí— Es que Rosa, la cuidadora, se ahoga en un vaso de agua, coño, parece que no tuviera niños en casa… le podía dar un apiretal y esperar, al menos, una hora y no poner a todo el mundo en jaque.
    ​Eran las cuatro y media. No cerraban al mediodía y Carlitos se quedaba a comer en la guardería. Llamaría a Juana, la directora, a ver si lo podía aguantar hasta las seis y así sólo pediría dos horas de permiso. Tal y como se presentaba la tarde, no parecía que fueran a tener agobios con la clientela. Petri, la hija de Pepa, venía a las cinco y la previsión era estar mano sobre mano, como estaba ella desde las dos y media.
    ​Curiosamente, Pepa no puso pegas.
    ​—Tal y como está el patio, vamos a cerrar a las siete, así es que puedes irte a las seis. Con esto de la Dana la gente se queda en casa. Y anda que lo dejan de pregonar en la radio. ¡Qué pesadez!
    ​—Otra vez a llamar a Juana—refunfuñó para sí— y decirle que llegaré sobre las seis y cuarto. Estoy harta— y de repente, se agobió. Y mira que tenía buen talante, pero el cielo de plomo y el viento que no cesaba parecían observarla a través del escaparate. Sin ninguna razón, se sentía amenazada.
    ​Cuando llegó a la guardería, al niño no parecía pasarle nada. Vino corriendo hacia ella y dio un salto para colgarse de su cuello. Ana lo sujetó con fuerza. Estaba alto para sólo cuatro años y ya pesaba dieciseis kilos. Ella le apretó contra sí.
    ​Se entretuvo comprando cuatro cosas en la frutería y, más cansada de lo normal, arrancó el coche y enfiló la carretera hacia Paiporta. Carlitos, sujeto en su silla, no paraba de hablar y Ana no podía dejar de mirar el cielo abigarrado de nubes negras. El aire había calmado y con su retirada, la lluvia caía abundante sobre el parabrisas. Había más tráfico del habitual. No podía ser mucha la demora, porque la distancia a su casa, en el peor de los casos, solía llevarle no más de quince minutos y eso los viernes, no un martes.
    ​En su calle, el agua bajaba de pared a pared. No era la primarez vez que lo veía. En otoño, las gotas frías tenían estas cosas. Carlitos se había dormido en la silla. Aparcó frente a la puerta del bloque, al otro lado de la calle, y se dio prisa en sacar al niño del coche. Cerró las puertas del auto y con el agua por encima de los tobillos se dirigió al portal.
    ​— ¡Joder—farfulló entre dientes— la bolsa con la fruta y los tomates! Y con el niño, somnoliento, colgado de su cuello, volvió al coche.
    ​Agarró la bolsa y tuvo que hacer un esfuerzo para cerrar la puerta trasera del auto. El agua le llegaba ya a media pierna y casi entraba en el interior del vehículo. No había nadie en la calle, tan sólo el señor Justo, el vecino del tercero, se asomaba en ese momento a los cristales de la ventana de la cocina y le hacía señas para que se diera prisa. Estaba casi en la acera cuando tropezó justo en el momento en el que oyó un ruido sordo que venía del fondo de la calle y una avalancha de agua embarrada la revolcó por el suelo. Trató de levantarse, pero no pudo ponerse de pie, el agua venía con mucha fuerza. Mantenía al niño pegado a su cuerpo. Algo le golpeó en la cabeza y todo se oscureció.
    ​En mitad de la nada, enganchada entre el ramaje de un arbol arrastrado por la corriente, abrió la boca tratando de absorber aire. Se estaba ahogando. Quiso gritar, pero la voz, helada, no le salía de la garganta. Hasta pasados unos segundos no se dio cuenta de que le faltaba Carlitos. Levantó los brazos y la bolsa de la frutería, vacía, pendía de su mano izquierda. Sentía un frío punzante. No había nadie, sólo un ruido de fondo, uniforme y ronco y un agua espesa y noche, mucha noche.
    ​Las lágrimas le anegaban sus claros ojos azules. Le dolía la cabeza. Se pasó el dorso de la mano por la cara y miró, incrédula, a su alrededor. A lo lejos vio algunas luces.
    ​Se soltó del árbol y se dejó ir.

    LUIS

    El arreglo de los grifos de la cocina de la señora Elvira le llevó demasiado tiempo y aún así no lo pudo terminar. Además, se quedaron sin agua. Si no fuera por el desastre que, como por ensalmo, la riada provocó aquella tarde, sería cosa de risa.
    ​Tuvo que dejar el coche a la entrada del pueblo, junto a la gasolinera de la carretera de Valencia. Era la cuarta llamada que le hacía a Ana y no le contestaba. Le puso un nuevo Whatsapp y contrastaba que, al igual que los anteriores, de su movil había salido, pero no había llegado al de su mujer. Se estaba empezando a poner nervioso.
    ​La calle, su calle, estaba abarrotada de coches desperdigados y cubiertos de lodo. Era como si por allí hubieran pasado las hordas de Atila, que diría su padre. El coche de Ana no estaba entre ellos. Seguramente estaría en casa de sus padres, pero ¿por qué no le contestaba? Miró hacia arriba y le extrañó no ver luz en la ventana de la cocina, pero lo cierto es que no estaba iluminada ninguna de las ventanas. Seguramente no habría luz en el edificio. Las farolas casi no alumbraban y se encendían y se apagaban cada poco tiempo. Le extrañó el silencio. No había nadie en las calles, tan solo había encontrado, hacía unos minutos, a un grupo de vecinos que estaban retirando un vehículo que se había empotrado en la puerta de acceso al bloque de sus viviendas.
    ​Iluminó con la linterna la entrada al portal y cuando entró sus pies chapotearon. Dirigió el foco al suelo y un agua de color marrón oscuro le cubría los tobillos. No percibía ningún ruido, subió la escalera y al llegar a su rellano, el del tercero, se abrió una puerta y una linterna le alumbró la cara.
    ​— ¿Luis?
    ​—Hola, señor Justo, ¿Qué ha pasado? ¿Se ha ido la luz?
    ​Se dio cuenta de que estaba haciendo preguntas incongruentes. Vino oyendo la radio en el coche y no habían parado de hablar, desde las siete y media, del desastre que se estaba viviendo en Paiporta y él preguntaba que qué había pasado.
    ​—Pasa, hijo, pasa— le invitó el señor Justo y su tono le alarmó.
    ​—Señor Justo, ¿Qué ha pasado? ¿Ha visto a Ana y al nene?— Detrás del hombre oía los sollozos de la señora Carmen.
    ​Oía el runrún de la voz del hombre relatándole lo que vio desde la ventana, pero no era capaz de seguirle.
    ​—No puede ser, no puede ser—repetía Luis sentado en una silla de la cocina de sus vecinos.
    ​—Yo la vi caerse y desaparecer bajo el agua, Luis, desgraciadamente yo la vi—y el señor Justo se echó a llorar.
    ​—¿Y el nene?— Y el señor Justo no contestó.

    Casi no dormía, pero la psicóloga tenía razón, necesitaba agarrar a la vida por la pechera y enfrentarla. Ya hacía más de dos meses que habían desaparecido Ana y Carlitos. Al niño lo encontraron a los tres días en una riera, pero el cuerpo de Ana no apareció hasta los quince días. Ni siquiera quiso preguntar dónde lo hallaron. Los suegros le recriminaban su frialdad.
    ​—¿Es que no lo sientes? Tú tenías que haber recogido al niño—le decían con una crueldad que le atravesaba de parte a parte.
    ​Luis terminó por apartarse de ellos y pensó en irse del pueblo, buscar trabajo en otro sitio, aunque sabía que sólo saldría del pozo en el que estaba, quedándose, pasando el duelo cerca de los cuerpos muertos de su mujer y de su nene. Irse sería huir, por eso empezó a colaborar con la asociación de afectados por la Dana, a trabajar en el equipo de fontaneros tres horas cada día de lunes a domingo. Tenía, además, que volver a la rutina del trabajo diario.
    ​A veces, medio en sueños, oía, nítida, la voz de Ana y nunca le oyó echarle nada en cara. Él le pedía que le abrazara, pero ella nunca lo hizo, aunque le miraba con una media sonrisa en los labios. Quería soñar con Carlitos y no lo conseguía.
    ​El sol, aunque calentaba menos, seguía saliendo cada mañana.

    Juan Francisco Mrncía

    1. AYUDEMOS A VALENCIA

      Se llevó sueños, vidas y tiempo, la dana,
      acercó lamentos a vecinos de su casa
      corrió junto al firmamento
      y barrió como los elementos.

      La ola de destrucción recorrió Utiel,
      asoló su instituto con rítmica cadencia,
      viajando hacia la costa de Valencia,
      rápida y rauda llegó sin avisos ni cuartel.

      Allí la política pública se encalla
      espera a que otra lucha se gane de forma insana
      los vecinos se perdieron sin avisos ni guerreros,
      la culpa se siguen echando sin ver el daño
      que hace su falta de años.

      La gente no importa al poder
      solo sacar tajada y evitar el perder.
      Si uno ayuda y no es él…,
      si uno espera, que desnivel,
      si uno quiere, el otro debe,
      y mientras…, desvalidos,
      la gente… muere.

      En la desolación, el pueblo de Valencia
      sale a las calles y mira hacia Catarroja,
      los puentes se llenan y se nota la ausencia,
      miles de voluntarios, ayuda valiosa.

      La soledad vil se llena se inunda de desolación
      y somete a la población de Paiporta,
      coches, ropa, comida… se vuelca la nación,
      el estado acude tarde, la gente ruega a su diosa
      danzan por las calles con una prisa briosa.

      El tiempo no se lleva el daño, aunque se vaya lo pasado
      Los comercios abren y los niños regresan a los colegios
      pero la sombra de lo ocurrido sigue en los ríos
      en el corazón de todo valenciano y ser vivido.

      Animemos a Valencia, para que el viaje empezado
      termine con unos valencianos felices y no olvidados.
      Ayudemos.
      Ibán J. Velázquez

  18. Este relato fue creado para el reto mensual de la ONG Cinco Palabras que estuvo propuesto por Susana Haro Gil, auxiliar de la BMP de Massamagrell
    Las palabras dadas fueron: Barranco, Chiva, desolación, jóvenes y helicóptero.

    LLEGA LA AYUDA
    El BARRANCO se inundó de agua. El ataque de H2O sumergió a CHIVA en una ola que arrasó coches, contenedores, casas y habitantes. La furia de las montañas agredió sin contemplación a los sueños de un pueblo ahogado en realidades que no se esperaban. Tras la ola, los jóvenes lloraron sus PÉRDIDAS y el HELICÓPTERO fue testigo de la atrocidad de los elementos. Conchín dedicó años a los demás para que ahora la DANA le arrebatase todo, menos su vida.
    En la distancia, unos pasos resonaron… venían todos esos a los que su corazón y bondad ayudaron.

    Ibán J. Velázquez

  19. DUDÚ
    El hombre camina por las calles de Catarroja, todavía mancilladas por la tragedia y la incompetencia, llevando como escudo la muñeca de trapo que escapó de las montañas de fango y recuerdos, que él carga con su excavadora junto a la pista de Silla, para darle un propósito, una misión.
    Va en busca de la niña que, con trazos infantiles, escribió su nombre y dirección en el vestido rojo de la muñeca. Mientras limpiaba el barro que la cubría solo rezaba para que, todo aquello que la chiquilla fue y que iba a ser no hubiese desaparecido para siempre.
    Al llegar a la, aún, destrozada puerta de la casa llama, temeroso, al timbre.
    Una mujer joven abre y al ver la ofrenda que le trae, rompe a llorar.
    Él, temiendo lo peor, llora también.
    Pero de pronto, una sonrisa ilumina la cara de la chica, brillando entre lágrimas.
    —¡Lucía! ¡Cariño! ¡Ven, corre!
    Y mientras se oyen pequeños pasos que se acercan desde las sombras, la madre coge la mano del hombre y le susurra:
    —Gracias, ahora, por fin, sus pesadillas desaparecerán.

    * Dudú – muñecos de apego, indispensables para los niños a la hora de dormir o cuando necesitan consuelo y que, de alguna manera, representan a la mamá, dándoles seguridad.

    Ernesto V. Salcedo

  20. TIERRA
    Tierra de agua,
    tierra de barro viejo,
    tierra robada al lago,
    tierra que lleva el germen
    de centurias convulsas,
    de guerras, de sangre, de conquistas.

    Tierra que mira al mar
    como liviana tabla de salvación,
    tierra de versos que flotan
    en la bruma lacustre
    al ritmo de la percha cansina,
    tierra castigada por la indiferencia,
    por la vil envidia.

    Tierra que mira al cielo con temor,
    que recela de la tormenta,
    del aluvión repentino.
    Tierra que guarda secretos ancestrales,
    tierra de pecado y salvación,
    de lujuria y arrepentimiento,
    de fuego y de agua,
    de gozo y de lágrima.

    Francisco Pascual.

  21. QUIERO
    Tengo hoy descolocadas las entrañas buscando posicionarme
    a vuestro lado y aprender con vosotros
    a vivir de nuevo.
    Quiero petrificar la memoria, desahuciar el olvido
    por un tiempo largo, llenarme de barro
    para trasladarlo de sitio.
    Quiero encallecer
    mis manos
    con el peso de las palas empujando enseres que lloran, acariciar con la mirada el derrumbe de paredes
    llenas de historia.
    Quiero, quiero, quiero…
    dejar de desear y pasar a la acción, con mis abrazos primero y, en este duro presente comprender vuestro miedo.
    Quiero,
    Aliviar vuestro viaje… tan duro, tan nuevo, y caminar con vosotros en silencio.

    África Sánchez López

  22. FIRMAMENTO FLAMENCO
    Desde la lumbre, el calor
    desde el sentir, la pasión,
    entre bulerías y cabales
    me hacen quiebros los braceos
    de las almas y la voz,
    ya no están desiertos mis ojos
    ni mis piernas entumecidas,
    tengo mi cuerpo al aire
    y una voz afilla
    entre jaleos y palmas
    me regala mil alegrías.
    Desde las nubes al cielo,
    desde este cante flamenco,
    vibrando mi firmamento,
    entre abandolaos y cañas
    desde Málaga hasta Cádiz,
    voces a palos seco
    levantan mis pies del suelo,
    cuanta vida en lo español
    de este grácil movimiento,
    mirabrás, romeras, caracoles,
    bulerías…campanilleros…
    la entrega, corta el aliento,
    y yo,
    desde el tablao hasta el techo
    en un atrás me voy rompiendo.
    Me rompo para volcarme
    en una toná carcelera
    presa de todos los ritmos,
    libre, mi vida entera.
    África Sánchez López

  23. La tarde tiembla se desgarra el grito
    Los vehículos son campanas. Brincan sobre el aire

    Lodo y miedo, torrente y barro

    Un perro aulla y del asfalto sangra la herida

    Lodo y miedo, torrente y barro

    Los ancianos intentan despedidas
    Los niños lloran y las madres no salvan

    Lodo y miedo, torrente y barro

    Los hombres auxilian la noche, sus pies se anclan al abismo

    Lodo y miedo, torrente y barro

    Políticos ausentes retrasan su ayuda entre risas y gintonic
    Las sirenas tardías rompen las voces

    Lodo y miedo, torrente y barro

    El agua es muralla que estrangula al día

    Lodo y miedo, torrente y barro

    Barro, torrente, lodo, sangre: destrucción

    Asunción Caballero

  24. PORQUE LA AYUDA NO LLEGA

    Escuchar la voz de la incertidumbre, por no saber si los suyos están bien. Cuando les tiembla la voz… Cuando no sabes qué te puedes encontrar, qué cosa te puede deparar la vida. Qué puede estar ocurriendo, allí donde tú y yo, no estamos. El miedo se apodera de nosotros y pensamos, casi siempre en lo peor. Y los que viven la tragedia, ya están empezando a palpar el dolor, la intranquilidad, el desasosiego, el miedo atroz. O en raras ocasiones, se despierta la voz de la supervivencia y surge una entereza feroz y muy activa, llena de adrenalina, que hace que luches por la vida, a sangre y fuego. Pero cuando la ayuda no llega…
    Muchos hemos sufrido algún desarreglo o contratiempo fuerte en la vida, o incluso una catástrofe grave. Pero escuchar la llamada desesperada, de quien no encuentra a un ser querido… Eso… Eso desgarra el alma, te hace crujir por dentro las entrañas; te hace tanto daño, casi, como si lo vivieras con ellos. Por la empatía, por la hermandad que sentimos a veces, los humanos. Pero no siempre surge esa empatía, tan necesitada. Porque la ayuda no llega; porque las horas pasan y no hay nadie, aunque estés acompañado, estás solo contigo mismo y te encomiendas a Dios o al destino, porque ya no ves salida. Porque la ayuda no llega. Y después de la desesperación y la desesperanza, llega una paz extraña y sosegadora. Rara cosa es esa… Pero cuando la ayuda no llega, es la naturaleza humana, la que rige la vida y la muerte. Y te entregas, te abandonas a ese destino y llega esa paz, que te inunda por dentro. Porque la ayuda no llega. Llegó la Dana. Pero la ayuda, no llega…

    Mª Angustias Canovaca López

  25. Dana

    Como el que aprende a llorar
    con el desconsuelo de un no saber.
    Ver cómo no supera lo que acontece
    sin haberlo sospechado siquiera.
    Nunca se vieron tantas lágrimas juntas
    como para inundar la tierra.
    Arroyar caminos, arrastrando muros e ilusiones.
    Gritos ahogados por el dolor y la impensable marabunta que cubrió
    esperanzas, risas de infantes a la salida de unas escuelas que nadie volvió a ver.
    Ancianos aislados en tejados de papel,
    paredes de cartón piedra se, abren dejando ver, lo que no se quiere ver.
    Las vidas de los que las habitan.
    Almas sin cuerpo corren en abandono.
    Manos que claman la sordera de los otros.
    Esas manos que se multiplican para contener y sanar tanta pena.
    Sabores a hierro de sangre que fluye por la garganta de unas alcantarillas ahogadas en sí mismas.
    Y el sol que no se abre, solo oscuridad y entre los silencios el rugir de las aguas y la palabra clamando auxilio a quien nada puede auxiliar.
    Duro aprendizaje el del hombre ante la marabunta de las aguas sin freno.
    Nadie habla, nadie dice, observan y callan.

    Margarita Campos

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